Physical Address
304 North Cardinal St.
Dorchester Center, MA 02124
Physical Address
304 North Cardinal St.
Dorchester Center, MA 02124

Por Joaquín Botta
Ya tengo 30. Lo digo así, sin vueltas. Porque cuando uno llega a esta edad, las vueltas se reducen y lo que más valen son las certezas. Aunque paradójicamente, nunca hubo tantas dudas.
A los 30, se supone que uno ya “debería” tener una carrera, un ingreso estable, una pareja madura, quizás un proyecto de familia o, al menos, un plan de ahorro. Pero lo único que tengo asegurado cada mes es la ansiedad que me visita cuando no cumplo con esas expectativas impuestas. ¿Por quién? Por todos. Por el sistema, la cultura, los padres, los algoritmos. Y por uno mismo, que aprendió a exigirse sin compasión.
No es que no me sienta agradecido. Tengo trabajo, sueños, vínculos. Pero hay algo que no siempre se ve, y es el ruido interno. El del cerebro que nunca para. El que repite frases como “ya es tarde”, “no estás haciendo lo suficiente”, “deberías ser más feliz”, “deberías poder con todo”. Ese ruido cansa. Drena. Confunde.
Los 30 te agarran en el medio de la película. Ya no sos el joven al que todo le perdonan, pero tampoco sos el adulto resuelto que admirabas de chico. Sos una especie de mezcla rara entre promesa y realidad. Y entre esa tensión, aparece lo invisible: la salud mental.
La ansiedad, el insomnio, la comparación constante en redes, la presión por ser productivo… Todo eso convive con uno. Y nadie te prepara para aprender a gestionar la propia cabeza. Nos enseñan a usar Excel, pero no a calmar la mente. Nos hablan de éxito, pero no de autocuidado. Nos exigen que crezcamos, pero no que nos conozcamos.
Por eso escribo esto. Porque creo que hay que hablarlo. No desde el drama, sino desde la humanidad. No somos robots. Somos personas que están haciendo lo mejor que pueden con lo que tienen. Y a veces, eso implica frenar, ponerle nombre al dolor, y pedir ayuda. O simplemente contarlo.
Tener 30 no debería ser una sentencia, sino una oportunidad. La oportunidad de hacer las paces con uno mismo. De revisar creencias. De armar una vida propia, no una copiada. De entender que estar bien no es estar feliz todo el tiempo, sino estar en paz el mayor tiempo posible.
Y si eso significa apagar un rato el ruido del mundo para escuchar lo que de verdad importa… entonces sí. Ahí empieza la verdadera adultez.